María, nació en el seno de una familia castellana nobiliar y de alta alcurnia, los Mondejar-Tendilla, en Granada (su ciudad amada de la que llegó a decir que se sentía “ de Granada y de Toledo en su interior) en el año de 1496, una vez iniciado el proceso de unificación de su querida Castilla con la corona de Aragón y que fomentaron la unidad política (aunque no social) de la península ibérica. A pesar de ello, la unidad no era tal y como la querrían muchos de sus dirigentes, y bien se encargaría María de recordárselo años después.
Hija de Iñigo López de Mendoza y Francisca Pacheco, el primer signo de diferencia con respecto a muchas mujeres de su época es que jamás llego a adoptar el apellido de los varones que pasaron por su vida, ni el de su padre (López Mendoza) ni el de su futuro esposo (Juan de Padilla) y siempre ha sido recordada por el apellido materno. Este acto, ha sido interpretado de diversas formas, desde los que no han osado en decir que siempre tuvo una conciencia claramente feminista y se negó a plegarse a los designios e imposiciones de un mundo patriarcal que sometía y humillaba a las mujeres a que perdieran su identidad, hasta otros historiadores que afirman que tuvo el apellido López de Mendoza pero que lo cambió por el de su madre, con el objeto de no ser confundida con otras “María López de Mendoza”, hermanas suyas, que ya existían en la familia. Fuese como fuese, igualmente cabe destacar la osadía de esta mujer que no dudó en afirmar su identidad y peculiaridad tanto en su familia como en aquellos lugares donde dejó huella.
Así, María tampoco fue una muchacha corriente en su educación ya que, inmersos en un espíritu renacentista, recibió una educación acorde con los varones y desde luego muy diferente al papel que la sociedad guardaba a las mujeres, incluso en el tema de la instrucción. Mujer culta y muy instruida desde pequeña, recibió conocimientos de latín, griego, matemáticas, historia, geografía… lo que la permitió convertirse en una muchacha con unos conocimientos de la vida, del mundo y de la realidad política de Castilla de la que no gozaron la mayoría de las mujeres de su época (y tampoco muchos hombres).
Sin embargo y pese a todo, María era una mujer que vivía en una época concreta, el renacimiento, la edad moderna, lo que no la eximió de todos los convencionalismos de su época y, como todas las mujeres del momento, se vió obligada a casarse con apenas 14 años de edad, por decisión de su familia con un joven militar, Juan de Padilla que poseía rango muy inferior al de su condición nobiliar (otro elemento característico del periodo era que las mujeres casasen con varones de inferior rango para acercar posiciones y alianzas con otras familias súbditas). Ello, según todas las crónicas del periodo, no pareció haber gustado mucho a la joven castellana que mostró su disgusto y su desprecio un tiempo por su joven marido. Posteriormente, en 1518, y debido a la categoría de capitán de armas heredada de su padre, tiene que verse obligado a trasladarse desde Granada a Toledo, lugar donde le llevaría su nuevo cargo, y junto a el se trasladó su joven esposa María.
Una vez allí, María se convierte con el paso de los años , y tras la subida al trono de Castilla y Aragón de Carlos V de Alemania (hijo de Juana I de Castilla), y debido a su gran cultura e inteligencia aprendidas a lo largo de los años, en una de las mas firmes e insignes defensoras de los derechos y libertades de Castilla frente a la primacía imperial de Carlos V y sus partidarios realistas e imperiales.
Ello lo demostró cuando, tras los primeros alzamientos de las Comunidades castellanas, se sumó pronto a la guerra. Concretamente, en abril de 1520, se formó al mismo tiempo que en toda Castilla la Junta de Toledo, y posteriormente en julio de 1520 se crea en Ávila la Santa Junta del Reino de Castilla, encargando a Juan de Padilla el liderazgo del ejercito comunero, a lo cual María prestó todo su apoyo y colaboración desde los primeros momentos.
Sin embargo, resulta curioso que, a pesar de haber sido María de Pacheco la más valerosa y decidida comunera de los dos y de todo Toledo, haya sido su marido y otros toledanos los que hayan pasado a la historia de forma más heroica que ella, quizá por esos prejuicios patriarcales que siempre han dominado a quienes han escrito nuestra memoria histórica. De esta forma y una vez formada la Junta de Toledo, y la Santa Junta del Reino, la inercia de los acontecimientos llevan a Juan de Padilla a alejarse de Toledo para liderar en el resto de Castilla a los ejércitos comuneros.
Como es bien conocida la historia, una batalla tras otra, condujo al ejercito comunero comandado por Padilla hasta el pequeño pueblo vallisoletano de Villalar, donde se produjo el encuentro definitivo entre las tropas realistas de Carlos V y el ejercito comunero de Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, que el 23 de abril de 1521 fue definitivamente derrotado en esta villa. Como consecuencia, los tres lideres castellanos fueron decapitados unas horas después.
Mientras tanto, en ausencia de Juan de Padilla, María dePacheco no asumió ninguna posición de sometimiento y debilidad y , acorde con su ímpetu, lideró y gobernó ella sola la ciudad de Toledo hasta el 29 de marzo de 1521, momento en que se produjo la llegada (y con ello, los roces y el co-gobierno) del líder comunero religioso Antonio de Acuña. Una vez se enteró de la ejecución de su marido y del ejercito comunero apenas un mes después en Villalar, María de Pacheco recayó en una profunda depresión y luto durante algún tiempo. Y es que, algo que no suelen contar las narraciones historiográficas es que, de la indiferencia y desprecio que sentía María por Juan cuando contrajo matrimonio obligado según la costumbre con él, fue pasando poco a poco a lo largo de los años a un cariño y amor que culminó con la entrada de Juan de Padilla en el liderazgo de la rebelión castellana en la que tanto y tan firmemente creía María de Pacheco. Fue esta decisión y este acto de fe lo que definitivamente llevó a Maria a quedar profundamente enamorada de Juan y Juan de María al ver así mismo el ímpetu de su mujer. Por ello, la derrota al mismo tiempo de su marido y de su causa sumió a Maria en un profundo dolor, lo cual no la impidió ( y de hecho, la impulsó) en seguir liderando el proceso comunero donde apenas aún quedaba rastro.
De esta manera, y caídas las tropas comuneras en el norte de Castilla el 23 de abril y el centro de Castilla el 7 de mayo, apenas quedaban zonas de resistencia si no al sur de Castilla, que a diferencia del resto aún no había firmado su rendición y continuaba su lucha frente a las tropas imperiales de Carlos V. De esta manera, desde mayo de 1521 a febrero de 1522, María de Pacheco mantuvo vivo en solitario, alentando con su esfuerzo a los toledanos, al último foco de resistencia comunera en Castilla, la ciudad de Toledo. Así pues, tras la huida de Antonio de Acuña, María volvió a quedar gobernando en solitario la ciudad, y exhortaba, a veces visceralmente a los toledanos a la resistencia durante 9 meses de asedios y combates por la ciudad.
A tal punto llego su decisión y arrojo que, cuenta la historia que entre septiembre y octubre de 1521 y debido al derrotismo de los toledanos, María de Pacheco incautó todos los cañones situados en el Alcázar, desde donde dirigía la resistencia, y ordenó apuntarlos todos contra la ciudad de Toledo, exhortando a sus paisanos a resistir a toda costa o ser bombardeados. Sin embargo, la causa comunera militarmente (aunque no política e ideológicamente) estaba ya perdida y las tropas realistas de Carlos V intensificaron a partir de septiembre el asedio, de forma que se hizo ya insoportable. Ello culminó el 3 de febrero de 1522 donde, tras organizar las últimas sublevaciones de resistencia, Toledo cae definitivamente en poder de las tropas imperiales y la rebelión comunera definitivamente liquidada.
Tras ello, María de Pacheco, perseguida por la justicia imperial de Carlos V logró refugiarse con sus hijos en la ciudad portuguesa de Oporto donde vive de la mendicidad en condiciones muy lamentables, negándose a recibir puestos de sus familiares en dicha ciudad, debido a que se le vetó el retorno a Castilla. María mantuvo firmemente sus ideales y creencias hasta las últimas consecuencias de su vida y aunque nacida como noble y “Grande de España” murió en la mas ínfima pobreza. Allí falleció María de Pacheco en marzo de 1531, a 10 años de la derrota comunera en Villalar, y a 9 de la caída definitiva de su querida Toledo y definitivamente de toda la causa comunera.
Tal fue el arrojo y las consecuencias de la rebelión comunera que lideró Maria que ni muerta se la perdono su arrojo y hasta se le negó la sepultura en Villalar junto a su esposo, Juan de Padilla.
Sirva la biografía de María Pacheco como muestra de las mujeres que lucharon y resistieron hasta su muerte por sus ideas en un mundo muy poco idílico y, desde luego, muy poco propicio para las mujeres, y menos aún para las luchadoras como María de Pacheco.
LLEGAN LAS SEXTAS JORNADAS INTERNACIONALISTAS DE MADRID
PACTO FEDERAL CASTELLANO
Los llamados estados nacionales que hoy en día conocemos son las estructuras socio-políticas sobre las que se ha desarrollado a escala mundial el modo de producción capitalista. En su proceso de consolidación, las clases dominantes han manipulado y tergiversado la historia tratando de construirla en función de sus propios intereses.
A nadie se le escapa a estas alturas que pese a todos los intentos institucionales por presentar a la supuesta nación española como una realidad, única e indivisible, y a pesar de contar con una selección de fútbol convertida gracias a sus éxitos en primordial herramienta de unificación territorial, el estado español se sustenta objetivamente sobre una pluralidad de realidades nacionales, aunque en cada una de ellas existan diferentes grados de percepción y de identificación subjetivas.
Por este motivo es necesario tener en cuenta que por debajo de la historia oficial del estado español late en realidad la historia de los diferentes pueblos bajo su jurisdicción. Y si analizamos la historia colectiva de un pueblo en concreto, encontraremos diferentes momentos en los que las clases populares han logrado levantar proyectos políticos y sociales, con mayor o menor éxito, ajustados a sus propios intereses y opuestos a los del bloque dominante en el poder.
En la historia del Pueblo Trabajador Castellano existen también esos episodios de lucha popular, que forman parte de nuestra memoria colectiva y que son patrimonio de todas aquellas personas que de una manera u otra estamos comprometidas hoy en día en nuestra tierra con la transformación social y política.
Más allá de las limitaciones con que nos vayamos a encontrar en cada caso, cada uno de esos episodios presenta aspectos que pueden y que deben ser tenidos en cuenta a la hora de abordar los retos del presente, que no son pocos.
Y dentro de la historia de lucha popular en Castilla, la propuesta política del Pacto Federal Castellano de la 1ª República nos ofrece numerosos elementos que resultan de interés hoy en día.
Nos encontramos ante un contexto de grave crisis económica del modelo neoliberal capitalista a nivel mundial, que en el caso concreto del estado español coincide además con una crisis del actual modelo social, político e institucional existente.
La fase de crecimiento basada en el expolio imperialista, en el irracional consumo y en la construcción y el endeudamiento tocó techo. La burbuja estalló, y el capital financiero está lanzando una brutal ofensiva sobre las clases populares y trabajadoras, logrando que la deuda privada haya sido asumida de forma pública, e imponiendo planes de reestructuración a los estados endeudados que suponen un claro avance depredador de derechos y de empeoramiento de nuestra calidad de vida.
Ante esta situación, en el estado español es absolutamente necesario articular una respuesta popular que vaya más allá del planteamiento de respuestas de tipo económico-laboral, que siendo necesarias son insuficientes. Es necesario el cambio de régimen político, ya que sin ese cambio no será posible poner fin a la ofensiva del neoliberalismo financiero. Y la ruptura democrática y republicana de los pueblos con el Régimen borbónico post-franquista es el camino.
Estamos viviendo y vamos a vivir años convulsos, como los tiempos de los dos únicos periodos republicanos existentes hasta la fecha, y ante una situación así es necesaria la claridad ideológica y política.
En nuestra tierra, buena parte de las fuerzas progresistas y revolucionarias nos agrupamos hoy en día bajo la consigna de la ruptura democrática en clave republicana, incluyendo entre nuestras reivindicaciones fundamentales el derecho a la libre autodeterminación de los diferentes pueblos que convivimos bajo la jurisdicción del estado español. Esa definición avanzada sobre la cuestión territorial es precisamente uno de los elementos que nos separa de aquellas otras fuerzas que desde posturas claramente españolistas y reivindicándose formalmente republicanas, silencian e invisibilizan la cuestión nacional y el derecho de los pueblos a decidir libremente su futuro. Y la cuestión nacional puede convertirse en uno de los elementos diferenciadores esenciales entre aquellos que apostemos en profundidad por la ruptura republicana de los pueblos con el Régimen, y aquellos que se coloquen del lado de su reforma, también republicana, pero en un sentido meramente formal y anecdótico.
Como decíamos, no son tiempos para la ambigüedad o las medias tintas, ya que nos encontramos ante la necesidad de levantar una alternativa política al actual Régimen Borbónico post-franquista y al neoliberalismo el que este se encuentra íntimamente asociado, y para poder hacer realidad esas transformaciones es necesaria la claridad, entre otras cuestiones, con respecto a la cuestión nacional, pero no sólo en referencia a aquellos pueblos trabajadores más avanzados en su lucha social y nacional, sino también con respecto a la propia cuestión nacional de los castellanos y las castellanas.
En nuestra tierra, las opciones federales, si bien reconocen el carácter plurinacional del estado, esconden con frecuencia posturas poco claras con respecto a la propia cuestión nacional castellana. Y ello es un lastre que debemos superar. Y debemos hacerlo no desde un punto de vista teórico o abstracto, sino teniendo en cuenta que las posiciones sobre la cuestión nacional, incluida la propia, conllevan a la larga (como veíamos) claras implicaciones para la práctica política, y a medida que esta se radicalice (y a ello aspiramos), aquellas contradicciones no resueltas o superadas tenderán a aflorar una y otra vez, bajo muy diferentes formas, dificultando el camino de por sí complicado.
Como decíamos, es necesario y posible derrotar al actual Régimen monárquico y al neoliberalismo, y las iniciativas internacionalistas y la solidaridad entre los pueblos sin duda reforzarán y acelerarán ese proceso. Buena prueba de ello es toda la potencia política y militante desplegada en el proceso de lucha que hizo posible la presentación a las pasadas elecciones europeas de la candidatura II-SP. Ahora bien, el internacionalismo y la posibilidad de aunar luchas entre los diferentes pueblos bajo jurisdicción del estado español no debe ni puede suponer la renuncia a la propia construcción de las fuerzas populares en el propio marco nacional. Lucha internacionalista y construcción de fuerzas populares en cada marco nacional de lucha de clases no son procesos antagónicos, sino todo lo contrario: se trata de procesos complementarios, inseparables e irrenunciables.
Y en ese sentido, a la hora de afrontar el presente, al plantear opciones federales es necesario tener una postura clara sobre cuál es la propia realidad nacional que se aspira a federar con otras realidades nacionales, así como cuáles son esos derechos políticos concretos que tienen derecho a su libre articulación o federación.
Con sus luchas, el pueblo trabajador castellano ha aportado numerosos elementos a la cuestión republicana y a la cuestión federal. Sin ir más lejos el propio color morado de la bandera tricolor; símbolo que hoy en día es sentido con cariño por numerosos castellanos y castellanas comprometidos, luchadores de los y de las que nos sentimos herman@s. Ese color morado hace expresa referencia a la lucha popular comunera castellana. Y dentro de la memoria colectiva de lucha republicana en Castilla, el Pacto Federal Castellano de la 1ª República, aún teniendo en cuenta sus limitaciones históricas, ha sido y es todo un referente a tener en cuenta por todos aquellos y aquellas que vinculan la lucha republicana con la lucha de los pueblos por sus derechos sociales y nacionales
Con la conmemoración de la Firma del Pacto Federal Castellano, con la que finalizamos la campaña Construyendo Castilla 2010, pretendemos honesta y abiertamente fomentar el debate constructivo y fraternal entre los republicanos y las republicanas en Castilla.
Y esperamos que la charla este próximo sábado en el Ateneo Republicano de Vallecas sea una buena ocasión para ello.
Frente a la crisis del modelo neoliberal capitalista, frente a la crisis social que vive nuestro pueblo, frente a la crisis política e institucional que atraviesa el Régimen borbónico español, es la hora de construir en Castilla una alternativa política ajustada a los intereses y necesidades de nuestras clases populares.
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